
El antropólogo Tim Ingold sostuvo en Congreso Futuro 2026 que el humanismo heredado de la Ilustración agotó su fuerza y derivó en una crisis. La idea la presentó en la decimoquinta versión del encuentro y la profundizó en una entrevista con el canal TV Senado Chile, donde también abordó el vínculo entre ecología, educación y tecnología.
UN ENTRAMADO COMPARTIDO
Describió a las personas como seres entrelazados con la red de la vida. Como ejemplo propuso salir al aire libre y observar cuántas plantas, aves e insectos coexisten con nosotros, incluso en la ciudad, y convivir con ellos en vez de mirarlos como piezas de un catálogo. La razón es práctica: respirar, beber agua y producir alimentos exige mantener relaciones con la tierra, el cielo y el agua. Consultado por una eventual dimensión espiritual, respondió que no advierte una separación tajante entre lo material y lo espiritual, división que atribuyó al pensamiento occidental.
ECOLOGÍA, PERCEPCIÓN Y FUTURO
Ante la consulta de un biólogo marino sobre el puente entre ecología y antropología, Ingold se definió como antropólogo ecológico y abogó por un enfoque relacional: el entorno existe solo en relación con el organismo del cual es entorno, y esa díada resulta generativa tanto para humanos como para animales. Mencionó campos donde ese giro avanza con lentitud, como la biosemiótica y la psicología ecológica, fundada en los años cincuenta por James Gibson. Su trabajo sobre las affordances fue muy influyente para él: lo que el entorno ofrece a un animal para continuar su vida, como el tronco que permite trepar a la ardilla.
Fue escéptico, en cambio, ante la idea de una conciencia global. Ve demasiadas diferencias y le preocupa que las sociedades de Occidente, marcadas por la tecnología moderna, se hayan distanciado de la percepción directa del entorno y miren la realidad como si estuviera en una pantalla, situación que calificó de aislante y alienante. Describió también tensiones entre la cultura global tecnológica y las tradiciones indígenas.
DEVENIR Y CONTINUIDAD
Sobre el concepto de becomings, explicó que parte del proceso y no de formas ya fijadas: todo crece, vive y se mueve, y las figuras que vemos emergen de ese movimiento. Lo ilustró con el juego de los pasos de la abuela: en lugar de girar para observar un mundo inmóvil, propone acompañar a los niños en su avance.
La identidad, en su opinión, es un concepto problemático que preferiría dejar de lado, porque nadie permanece igual de un instante a otro: cada persona se parece a un río que corre. Responder quién es alguien exigiría contar la historia de una vida, y esa historia continúa. De ahí su vínculo con el barco de Teseo: aunque agregamos, quitamos y cambiamos piezas, lo decisivo no es la identidad sino la continuidad, cada vida como una línea que se sigue trazando y puede superponerse con otras sin dejar de avanzar.
Sobre el progreso, admitió que preferiría abandonar el término y que, si se conserva, debe entenderse como avanzar, es decir, moverse hacia adelante y no hacia arriba. Cuestionó la versión que obliga a cada generación a dar la espalda a sus predecesores y destruir lo antiguo para instalar lo nuevo, en vez de reparar y rejuvenecer lo heredado.
EDUCACIÓN Y TRANSMISIÓN
En educación anticipó un cambio profundo y reconoció que no sabe cómo concretarlo. La clave, planteó, es pasar de una postura académica, donde el docente entrega conocimiento autorizado, a una postura de compañía, en la que profesores y estudiantes recorren juntos un mismo trayecto y una generación enseña a la siguiente. Los ancestros no son superados: van adelante y las nuevas generaciones siguen sus huellas. Las políticas educativas, agregó, suelen operar con la lógica del reemplazo de lo viejo por lo nuevo, cuando lo que la mayoría busca es seguir adelante y que sus hijos y nietos tengan vida.
EL LEGADO DE LA ILUSTRACIÓN
El humanismo que cuestiona remite, recordó, a las ideas que filósofos de los siglos XVII y XVIII formularon al anunciar la Ilustración, confiados en que la razón y el pensamiento crítico conducirían al progreso. A su juicio, tuvo dos costos. Primero, instaló una separación entre los seres humanos y la naturaleza, con pretensión de dominio, lo que habilitó una explotación industrial de recursos que ya no alcanzan a regenerarse. Segundo, su expansión vino acompañada de colonización, opresión y genocidio. Una agenda de progreso terminó convertida, dijo, en devastación ambiental y una profunda injusticia social.
De esa tradición rescata la convicción de que lo humano tiene algo singular: una responsabilidad sobre el florecimiento de la vida en el planeta que no recae en otras criaturas y que debe ejercerse con sabiduría.
En materia de tecnología, admitió que tiene un lugar, pero cuestionó el supuesto de que el futuro sea un problema que ella resolverá: prefiere pensarlo como una vida por vivir, y por eso el parentesco importa tanto como la innovación. Dudó de la sostenibilidad del mundo digital y llamó a preparar un humano postdigital, cuidando oficios y conocimientos que sirvieron a los ancestros durante milenios. Recordó una conferencia en la que sostenía un computador portátil en una mano y un pan en la otra: el pan existe desde hace unos ocho mil años y el equipo, unas cuatro décadas.
Preguntado hacia dónde va la humanidad, respondió que no vamos a ninguna parte y comparó la situación con el viento y el río, que no saben hacia dónde se dirigen: sopla uno, corre el otro y, mientras lo hacen, siguen siendo lo que son. Le pareció imprudente suponer un objetivo común para la humanidad y más aún que un grupo lo defina e impulse al resto hacia él. El asunto de fondo, concluyó, no es el destino, sino cómo debemos vivir.
Nota del Editor Fotografía referencial generada por Inteligencia Artificial.








