
Julie Klinger, investigadora de la Universidad de Wisconsin, participó en Congreso Futuro 2026 y conversó con TV Senado Chile sobre una idea que ordena todo su trabajo: los metales que la industria necesita no solo están bajo tierra.
Buena parte ya fue extraída alguna vez y hoy permanece sobre la superficie, en formas que solemos mirar como basura. Su campo de estudio son los recursos minerales que están sobre el suelo.
Desde ahí propone una salida distinta frente a la pregunta por el abastecimiento de minerales críticos: en vez de partir del temor a que los materiales se agoten, mirar lo que ya está acumulado y reincorporarlo a la cadena productiva.
UN INVENTARIO QUE CASI NADIE HA HECHO
Junto a su equipo, Klinger acaba de terminar un estudio que buscó medir cuánto de ese material existe realmente. Revisaron cuatro grandes familias de fuentes sobre el suelo: vertederos y rellenos sanitarios, cementerios de aviones, desguaces navales, instalaciones de residuos electrónicos y relaves mineros.
El hallazgo principal es una ausencia de datos. Según el mineral del que se trate, entre 94 y 99 por ciento del material no está cuantificado, y apenas entre 0,5 y 4 por ciento cuenta con georreferenciación e inventario que permitan un análisis serio.
La investigadora dijo que le gustaría estar equivocada y que alguien le demostrara que su equipo dejó fuera algo esencial. Para dar una idea de la magnitud, recurrió a una imagen: si se piensa a la humanidad como un agente geológico, buena parte de lo que hizo en los últimos doscientos años fue mover y reacomodar la superficie del planeta.
Una sola mina traslada millones o miles de millones de toneladas, y el material que circula como desecho alcanza órdenes similares, sin contar edificios, vías, puentes y vehículos. Sobre estos últimos, planteó que conviene pensarlos casi como una reserva de minerales críticos que, al terminar su vida útil, puede reutilizarse.
La investigación está en revisión en una de las revistas del grupo Nature, con una versión preliminar disponible en línea bajo el título sobre fuentes inesperadas de minerales críticos para la energía. Quienes tengan mejores datos, dijo, pueden escribirle.
QUÉ SON LOS RECURSOS QUE ESTÁN SOBRE EL SUELO
Al explicar el concepto, Klinger precisó que se trata de metales y materiales que ya fueron extraídos y que hoy se acumulan en la superficie bajo formas que clasificamos como desechos.
Mencionó los aparatos electrónicos que se botan sin reciclarse, la infraestructura urbana que se demuele, como puentes y vías ferroviarias, y sobre todo la contaminación particulada que décadas de industria pesada dejaron en suelos y aguas de distintos lugares del mundo.
CONTAMINACIÓN, CUERPOS Y SEÑALES DIFÍCILES DE LEER
Consultada por los efectos en la salud, señaló que elementos como el cobre, tan presente en el contexto chileno, junto con el cromo y el manganeso, son necesarios en cantidades muy pequeñas. El problema surge cuando la contaminación industrial y los efluentes elevan esas concentraciones hasta niveles tóxicos, con consecuencias que atraviesan varias generaciones.
Reconocer esas señales en el terreno no es simple. En las plantas, dijo, los indicios son sutiles y exigen ojo agronómico: hojas que se enrollan, manchas cafés, ejemplares más bajos o semillas distintas.
En las personas ocurre algo parecido, y muestras de cabello, uñas o placenta pueden ayudar a establecer si esos elementos están presentes en el organismo.
DE RESIDUO A INSUMO
Frente a ese panorama, la investigadora propone ver la acumulación de residuos y la contaminación de suelos y aguas como una oportunidad para obtener minerales críticos sin abrir nuevas excavaciones.
El caso más familiar, dijo, es el reciclaje de tecnologías antiguas. El más prometedor es otro: trabajar con plantas capaces de absorber del suelo elementos valiosos en lugar de nutrientes, cosecharlas después, separar los metales y devolverlos a la cadena de suministro.
Aclaró que estas técnicas ya se emplean a escala industrial, pero con otro fin: contener la contaminación en antiguos sitios mineros. Allí opera un ciclo local en el que las plantas toman el material y, al morir, lo liberan otra vez. La apuesta es aprovechar ese ciclo para extraer lo valioso, limpiar el sitio afectado y ofrecer una alternativa a las cadenas industriales tradicionales.
LOS PRIMEROS BENEFICIOS SON LOCALES
Sobre lo que se gana al avanzar en esa dirección, indicó que los primeros efectos son locales y se notan en un par de años, ligados a la limpieza del entorno. Los impactos en la salud, en cambio, se observan a escala multigeneracional, cuando los niños nacen en mejores condiciones.
A mayor escala, agregó, la presión por abrir nuevas minas disminuiría, y con ella la demanda de agua, de energía y de toda la infraestructura que requiere una operación minera de gran tamaño. Esos terrenos podrían destinarse a fines de mitigación climática, sostenibilidad y adaptación.
CIUDAD Y CAMPO, DOS GEOGRAFÍAS DE LA EXPOSICIÓN
En el ámbito urbano, mencionó la desindustrialización, que dejó extensas áreas abandonadas con suelos contaminados reutilizables para espacios verdes y agricultura urbana. Advirtió, eso sí, que esos mismos huertos pueden exponer a quienes consumen sus alimentos a los contaminantes del lugar.
En zonas rurales, los puntos de exposición dependen de la actividad. Puede bastar con estar cerca de un camino por donde se transporta material, o vivir a decenas de kilómetros de una refinería cuyas partículas metálicas el viento deposita lentamente.
REGLAS FRAGMENTADAS Y TERRITORIOS SIN MAPEAR
En materia regulatoria, Klinger afirmó que existen muchos esfuerzos, pero dispersos. Puso como ejemplo su región de origen en Estados Unidos, donde hay controles amplios para la ganadería que no tienen equivalente en la industria local.
La investigación sobre fitoextracción, añadió, sigue en fase de laboratorio y demostración, porque todavía no se la considera una fuente viable de materiales, en parte por la fuerza que conserva la idea de que obtener minerales obliga a perforar el suelo. La tarea pendiente, dijo, es reunir esos esfuerzos e identificar los espacios vacíos.
Consultada sobre quién debería mapear y monitorear estas reservas, respondió que conviene construir sobre lo existente. El Servicio Geológico de Estados Unidos, junto con Australia, inició un inventario de antiguos sitios mineros, y la Unión Europea financió un mapa de yacimientos.
Son esfuerzos fragmentarios y limitados a las minas, observó, que dejan fuera los materiales acumulados en el entorno construido y en los suelos. Por eso propuso un trabajo interinstitucional a escala nacional, con especialistas en industria, geología, protección ambiental, sensores remotos y ciencias atmosféricas.
TERRITORIOS, SALUD Y DECISIONES DIFÍCILES
Al referirse a los proyectos mineros que se instalan en territorios indígenas o rurales, sostuvo que los impactos más invisibles son los de largo plazo, asociados al consumo de alimentos y agua contaminados. Se manifiestan de manera íntima: abortos, niños que nacen con problemas de salud o muertes tempranas.
Aunque es difícil vincular un resultado de salud con una faena determinada, afirmó que sí puede sostenerse con mayor certeza que esos desenlaces son más probables cuando estos contaminantes están presentes.
Sobre cómo deberían tomarse las decisiones, recordó que el convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo establece el consentimiento libre, previo e informado, y que existen figuras como la licencia social para operar y los acuerdos de beneficio comunitario.
Son avances, evaluó, pero el registro de implementación en el mundo no es bueno. Las empresas mineras, en especial las que se presentan como sostenibles, quedan en una posición difícil, agregó, porque el relato habitual indica que deben ir donde están los minerales. Su invitación es a mostrarles que esos materiales también están sobre el suelo.
ACUERDOS POSIBLES, DESCONFIANZA PERSISTENTE
Planteó que una iniciativa así puede hacerse bien o muy mal, y expresó su esperanza de que las empresas dejen de ocultar información sobre la magnitud de la contaminación y colaboren con comunidades y universidades en la toma de muestras públicas.
De ese modo, comunidad y empresa podrían identificar juntas las áreas más contaminadas y priorizar su limpieza, generando un vínculo distinto del que hoy enfrenta a la actividad minera con las demandas ambientales.
LIMPIEZA PELIGROSA Y RIESGO DE LAVADO VERDE
Advirtió además que la limpieza también es peligrosa. Recordó casos en Estados Unidos donde inundaciones removieron sedimentos y expusieron a comunidades a contaminantes de desastres industriales ocurridos ochenta o cien años atrás.
Esas tragedias son evitables, afirmó, con equipamiento de protección y medidas de seguridad aplicadas de verdad, y para decidir qué protección se necesita resulta clave contar con información honesta sobre la contaminación, respaldada por análisis de laboratorio públicos.
Respecto del riesgo de que estas iniciativas sirvan como lavado verde, consideró que cierto nivel de propaganda es esperable y que la prueba está en el tiempo: tomar muestras de suelo y agua ahora y repetir el análisis en uno, dos o tres años.
Desde la perspectiva de la cadena de suministro, agregó, el concepto aún debe probarse, porque de poco sirve llenar un sitio contaminado con girasoles para las fotografías si años después los materiales extraídos no se han convertido en insumos industriales.
Ante la pregunta final sobre hacia dónde va la humanidad, consigna de esta edición de Congreso Futuro, respondió que avanzamos hacia el futuro queramos o no, pero que solo lo experimentamos en el presente. Su esperanza, dijo, es que instancias como esta sigan creando momentos de encuentro entre la ciencia, las políticas públicas y la ciudadanía.
Nota del Editor: Fotografía referencial generada por Inteligencia Artificial.















